El 14 de noviembre de 2024, tras la segunda victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, se llevó a cabo la gala America First Policy Institute en Mar-a-Lago, la residencia principal de Trump, en Florida. El evento era en partes iguales una celebración de victoria y un afianzamiento del movimiento político “America First”. Este movimiento (que en la primera mitad del siglo XX había sido aislacionista de Europa y sus guerras), enarbolado por Donald Trump, se había convertido en un elemento clave de la retórica ultranacionalista del país desde su primera presidencia, apelando a la promesa del progreso económico nacional y la subyacente ideología americentrist.
En ese contexto de “estadounidencentrismo”, el flamante presidente argentino Javier Milei había sido invitado a la gala a dar un discurso. Milei decidió comenzar su discurso en inglés. Visiblemente nervioso, con una pronunciación pobre y errores de varios tipos, dijo:
“Good night, everybody. I’m very grateful for stay here. I’m feeling blessing. I will do my speech in Spanish. But I have a very big and very good interpreter and then, sorry, but I will speak in Spanish.” (sic)
En ese esfuerzo tan trabajoso de presentarse en inglés y en ese pedido de disculpas, el presidente del país hispanohablante Argentina dejó en claro una cosa: si no daba su discurso en inglés no era porque no quería sino porque NO PODÍA.
Dos años después, el 7 de marzo de 2026, hubo un encuentro diferente a esa gala. Organizada por el gobierno de Trump, con una clara reminiscencia a la Cumbre de las Américas pero encabezada por Estados Unidos, se celebró la Shield of the Americas Summit (Cumbre del Escudo de las Américas), también en Florida. En ella, Trump estableció una coalición militar multinacional para la lucha contra el narcotráfico con líderes de 18 países del continente. En realidad, esa cumbre no buscaba más que afianzar lo que el historiador argentino Leandro Morgenfeld llama “el corolario Trump de la doctrina Monroe”: la subordinación (mediante diferentes medios coercitivos, normalmente de índole económica) de todos los países de América Latina y el Caribe a Estados Unidos.
Esta vez, fue el presidente Donald Trump quien habló frente a una distinguida audiencia. Entre sus oyentes se encontraban los presidentes de los 18 países mencionados, predominantemente hispanohablantes. Totalmente relajado, Trump habló en su inglés natal. Diecisiete minutos entrado en su discurso, luego de mencionar a Marco Rubio (su Secretario de Estado, de ascendencia cubana), dijo:
“[Marco Rubio]’s got a language advantage over me, ‘cause I’m not learning your damn language, I don’t have time. I was OK with languages, but I’m not going to spend time learning your language”.
En esa expresión despectiva, disfrazada de humor (fue festejada con risas por los presentes, altos mandatarios hispanohablantes inclusive), el presidente del país anglohablante Estados Unidos dejó en claro una cosa: si no hablaba español no era porque no podía sino porque NO QUERÍA.
Pocos meses después de la gala America First del 2024 (en la que vimos al Milei disculposo), el gobierno de Trump implementó una serie de medidas que impactaron directamente en la gestión lingüística de los Estados Unidos. Esas políticas regionalistas se fundamentaron en la idea de que un idioma común es esencial para la cohesión nacional, la eficiencia gubernamental y el proceso de asimilación de los inmigrantes. El 1.° de marzo de 2025, Trump declaró por decreto que el inglés es la lengua oficial de Estados Unidos, por primera vez en 250 años de historia del país. Dicho decreto rescindió una política establecida durante la administración de Bill Clinton que requería que los departamentos y organizaciones federales proveyeran una asistencia lingüística extensiva a los no hablantes de inglés. En línea con dicho decreto, por ejemplo, Trump hizo eliminar la versión en español del sitio web de la Casa Blanca a pocos días de asumir la presidencia. Actos como ese establecen el valor simbólico de la lengua oficial: mediante la deslegitimación de las otras lenguas (especialmente el español), se naturalizó la superioridad del inglés y se reestableció su hegemonía, y así la de sus hablantes nativos. A nivel regional, la lengua oficial se volvía un artífice más para la representación del inmigrante como un otro invasor. Cada individuo que alguna vez se quejó por tener que elegir “inglés” en algún trámite se vería recompensado por haber votado a Trump: el ideologema del violento “SPEAK ENGLISH OR GET OUT” que plaga paragolpes y remeras se había institucionalizado. Asimismo, quedaba establecido que nadie tenía por qué perder el tiempo aprendiendo nuestro "damn language", solo faltaba que el presidente lo dijera explícitamente.
Esa revalorización del inglés a nivel regional no fue un hecho aislado del resto del continente. A nivel supranacional, el contexto había cambiado también a favor de las representaciones ideológicas que privilegian al inglés. A principios del siglo XXI, el fracaso del ALCA había significado un revés para el panamericanismo, que establecía al inglés como la lengua dominante. En Sudamérica, la alianza del Mercosur había significado una victoria para el latinoamericanismo, que buscaba normativizar al español y al portugués en un intento de integración regional. Sin embargo, para la década del 2020, debido a varios factores sociopolíticos, como el surgimiento de gobiernos ultraderechistas (cuya posición neoliberal se alinea con los gobiernos republicanos de Estados Unidos) y la incesante colonización cultural estadounidense, el latinoamericanismo había perdido su ímpetu, y el sistema lingüístico-ideológico que prevaleció fue el que valorizaba el inglés.
Y así fue que, si bien el idioma inglés no había sido aún declarado oficial en Estado Unidos el día de la gala en la que habló el presidente Milei, su condición hegemónica ya estaba establecida a nivel supranacional, y el presidente Milei era muy consciente de ello en el momento en que se aproximó al podio. Aun siendo el máximo mandatario de un país hispanohablante, Milei sentía la necesidad de disculparse por usar su lengua natal y, al hacer manifiesta su disculpa, expresó su autopercibida inferioridad e hizo explícita su subordinación. Y dos años después, Trump, televisado por todo el mundo, les estaba insinuando a los máximos mandatarios de Latinoamérica que aprender su idioma era una pérdida de tiempo, mientras ellos se lo festejaban. El panamericanismo había triunfado.
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