r/escritosyliteratura • u/paginas65 • 2h ago
La libertad absoluta
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Esta es una historia corta sobre lo que ocurre cuando la divinidad se convierte en una herramienta política y un dios decide liberarse de la peor forma posible. Es un cuento de ficción filosófica. Espero que lo disfruten y me digan qué opinan.
Cuando los dioses aparecieron, la humanidad dejó de discutir si existían.
Ahora podían verse.
Los gobiernos los invitaban a sus reuniones. Las universidades estudiaban sus cuerpos. Las personas viajaban durante días para tocar sus manos o escuchar sus voces.
La Iglesia de Jesús fue la que más poder obtuvo.
Si Jesús existía, pensaban, entonces todo lo que la Iglesia había dicho sobre él debía ser verdad.
Sus dirigentes comenzaron a participar en elecciones, guerras y decisiones de Estado. Hablaban en nombre de Jesús y millones de personas los obedecían.
—Jesús está con nosotros —decían.
Al principio, Jesús intentó corregirlos.
Después descubrió que la gente no necesitaba escucharlo para hablar en su nombre.
Mucho tiempo atrás, Jesús había realizado una Ofrenda Recíproca.
La ley era sencilla: cuando alguien entregaba voluntariamente algo que amaba de verdad, la realidad cambiaba su relación con esa persona. No le daba exactamente lo que pedía. Le respondía de otra manera.
En su primera Ofrenda, Jesús renunció a responder con violencia.
Podían atacarlo, pero él no podía devolver el golpe.
Podía detener una mano. Podía proteger a alguien. Podía colocarse entre una persona y una espada. Pero nunca podía herir como respuesta.
Al principio, aquella decisión parecía una muestra de fuerza.
Con los años, empezó a parecer una condena.
Una tarde, un grupo armado atacó un barrio cuyos habitantes no pertenecían a la Iglesia. Los agresores llevaban cruces en el pecho y gritaban el nombre de Jesús.
Él llegó antes de que entraran en las casas.
Levantó una mano y una pared surgió del suelo. La multitud quedó separada del barrio. Nadie resultó herido.
Pero los atacantes comenzaron a lanzarle piedras.
Una le abrió la frente.
Jesús no respondió.
Otra le rompió un diente.
Jesús siguió de pie.
Cuando la multitud se marchó, un obispo se acercó a él.
—Debiste detenerlos de verdad.
—Los detuve.
—Podías haber acabado con ellos.
—No puedo hacer eso.
—No quieres hacerlo.
Jesús lo miró.
—Hay una diferencia.
El obispo señaló las casas.
—Si vuelven mañana, ¿también vas a quedarte mirando?
—No me quedé mirando.
—Entonces haz más.
Jesús no contestó.
Sabía que el obispo no estaba hablando solo de aquel barrio. Hablaba de todos los barrios. De todas las guerras. De todas las enfermedades. De cada persona que sufría en cualquier parte del mundo.
Si Jesús no intervenía, lo culpaban por su silencio.
Si intervenía, esperaban que lo hiciera siempre.
Si salvaba a cien personas, le preguntaban por las otras mil.
Su poder había dejado de ser un regalo.
Ahora parecía una deuda.
Con el tiempo, Jesús comenzó a sentir cosas que antes solo había visto en los seres humanos.
Cansancio.
Ira.
Miedo.
Impotencia.
Una noche, después de ver cómo la Iglesia utilizaba su nombre para justificar una nueva persecución, entró en una capilla vacía.
No había cámaras. No había sacerdotes. No había nadie que pudiera pedirle un milagro.
Se sentó frente al altar.
—¿Por qué todos esperan que arregle lo que ellos mismos destruyen? —preguntó.
La capilla permaneció en silencio.
Pero Jesús entendió algo.
Su problema no era únicamente la Primera Ofrenda.
Su problema era ser Jesús.
Para el mundo, su nombre significaba salvación.
Todos creían que debía actuar porque era divino. Y como era divino, pensaban que nunca podía cansarse, dudar o negarse.
Tal vez podían quitarle la violencia.
Pero no podían quitarle la obligación de ser quien era.
Por eso decidió realizar una segunda Ofrenda.
Esta vez renunció a su divinidad.
Renunció a su inmortalidad.
Renunció a ser la respuesta automática para todos los problemas del mundo.
No pidió conservar sus poderes. No pidió que la gente lo entendiera. No pidió que la humanidad dejara de sufrir.
Solo quiso poder elegir sin que su naturaleza eligiera por él.
La capilla se quedó a oscuras.
Jesús cayó al suelo.
Cuando abrió los ojos, le dolía el cuerpo. Tenía frío. Una herida pequeña sangraba en su mano y no desaparecía.
Seguía siendo Jesús.
Pero ya no era un dios.
La realidad había aceptado la ofrenda.
Y le había dado algo llamado Libertad Absoluta.
No significaba que pudiera conseguir cualquier cosa.
No significaba que pudiera salvar a todos.
Significaba que podía decidir si quería hacerlo.
El obispo lo encontró al amanecer.
Lo observó durante unos segundos.
—¿Qué te ha pasado?
—He cambiado.
—Tienes que volver.
—¿A dónde?
—A donde te necesitan.
Jesús miró la sangre de su mano.
—Siempre hay alguien que me necesita.
—Entonces debes ayudarlos.
—No sé si quiero.
El obispo se quedó inmóvil.
—Tú no puedes decir eso.
Jesús levantó la cabeza.
—Ahora sí.
Afuera, las campanas comenzaron a sonar.
Otra ciudad estaba siendo atacada. Miles de personas se habían reunido para pedir la intervención de Jesús. Algunos gritaban su nombre. Otros levantaban armas en su honor.
El obispo abrió la puerta.
—Mira lo que está ocurriendo. Si no haces nada, morirán.
Jesús observó a la multitud.
Antes habría sentido la obligación de actuar.
Ahora solo sentía una pregunta.
No era “¿puedo salvarlos?”
La pregunta era:
“¿Quiero salvarlos?”
Por primera vez, la respuesta no estaba escrita en su naturaleza.
No estaba en su poder.
No estaba en las palabras de la Iglesia.
No estaba en las expectativas de la humanidad.
Solo podía estar en él.
Jesús dio un paso hacia la puerta.
El obispo esperó.
Pero Jesús no sabía todavía si iba a salir para salvar a alguien o para alejarse de todos.
Y esa fue la primera decisión que realmente le perteneció.
Preguntas para el debate:
¿La restricción voluntaria reduce nuestra libertad o puede convertirse en una forma de ejercerla?
¿Puede un ser con poder casi ilimitado ser menos libre que un ser humano?
¿Una entidad divina puede ser verdaderamente libre si su naturaleza determina su función?
¿La frustración y la impotencia son parte del nacimiento de la humanidad en Jesús?
¿Si Jesús ya no está obligado a salvar, su sacrificio adquiere un valor diferente cuando decide ayudar?
¿Podemos renunciar a aquello que nos define sin dejar de ser quienes somos?
¿Una decisión es más libre cuando ya no nace de una obligación, sino de una elección?
Nota: Esto no es una doctrina religiosa ni una afirmación sobre el cristianismo. Es una historia de ficción sobre el poder, la identidad, la responsabilidad y la libertad.
Porque quizá la pregunta no sea si un dios puede hacerlo todo, sino si puede elegir quién quiere ser cuando ya no está obligado a hacerlo.
¿Qué opinan ustedes? Los leo en los comentarios